He completado la selección de ejemplos, de entre todos los casos que conozco, de personas que se han jugado el tipo para popularizar diferentes manifestaciones artísticas, es decir, para arrebatar, cual arqueros de Sherwood ilustrados, la propiedad mercantil de las mismas y ofrecerlas al público de una manera desinteresada sin pedir nada a cambio. Así, comienza hoy una serie que traerá cola, no sólo porque serán legión los que acudan aquí a leerla, sino porque ya auguro que la nube de polvo de la polémica avanzará espesa a cada nuevo paso que demos. Disfruten (mientras puedan):
Begoña
Trabajaba como ascensorista en el elevador de la Sagrada Familia, el templo que se encargó a Antoni (Plàcid Guillem) Gaudí i Cornet en 1883. Su contrato duró un par de años. Entre 2006 y 2007. Licenciada en Historia del arte por la Universidad de Pamplona, tenía memoria fotográfica, lo cual, en ese periodo de su vida, suponía para ella un engorro, porque reconocía continuamente a los turistas que había subido en su montacargas en los lugares más recónditos de la ciudad. Se había propuesto evitar que sus amigos y conocidos pagasen ni un sólo céntimo para disfrutar de lo que cotidianamente ella mostraba a multitud de personas de las más diversas procedencias. La entrada al templo costaba (cuesta) ocho euros y subir en el ascensor dos euros más. Sus compañeras de trabajo nos franquearon el paso, tras su audaz aviso, y ella nos esperaba en la cabina con una sonrisa de oreja a oreja. Pudimos de esa manera contemplar una joya de la arquitectura modernista y, además, las vistas de Barcelona desde sus elevadas torres cónicas, sin darle ni una moneda al clero (que, dicho sea de paso, lleva décadas haciendo un negocio escandalosamente rentable). Aunque no nos salió gratis del todo: el vértigo de contemplar un monstruo de hormigón tan espeluznante desde tan alto y el dolor muscular causado por el apresurado descenso de una escalera de caracol abrupta fue el precio que tuvimos que pagar. Un precio natural, en cambio, ni abusivo ni inmoral.
Trabajaba como ascensorista en el elevador de la Sagrada Familia, el templo que se encargó a Antoni (Plàcid Guillem) Gaudí i Cornet en 1883. Su contrato duró un par de años. Entre 2006 y 2007. Licenciada en Historia del arte por la Universidad de Pamplona, tenía memoria fotográfica, lo cual, en ese periodo de su vida, suponía para ella un engorro, porque reconocía continuamente a los turistas que había subido en su montacargas en los lugares más recónditos de la ciudad. Se había propuesto evitar que sus amigos y conocidos pagasen ni un sólo céntimo para disfrutar de lo que cotidianamente ella mostraba a multitud de personas de las más diversas procedencias. La entrada al templo costaba (cuesta) ocho euros y subir en el ascensor dos euros más. Sus compañeras de trabajo nos franquearon el paso, tras su audaz aviso, y ella nos esperaba en la cabina con una sonrisa de oreja a oreja. Pudimos de esa manera contemplar una joya de la arquitectura modernista y, además, las vistas de Barcelona desde sus elevadas torres cónicas, sin darle ni una moneda al clero (que, dicho sea de paso, lleva décadas haciendo un negocio escandalosamente rentable). Aunque no nos salió gratis del todo: el vértigo de contemplar un monstruo de hormigón tan espeluznante desde tan alto y el dolor muscular causado por el apresurado descenso de una escalera de caracol abrupta fue el precio que tuvimos que pagar. Un precio natural, en cambio, ni abusivo ni inmoral.
1 comentario:
Bien por Begoña, por su generosidad, por su sonrisa de oreja a oreja (tan extrañas hoy en día), por esa licenciatura de lo que no existe pero sentimos, y por un oficio en extinción.
- ¿Qué piso?
- Mi pie.
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