jueves, 7 de enero de 2010

La risa y la calle

En aquella calle parecía estar prohibida la risa. Pero, siempre nos estábamos riendo. Te llevabas una hostia rápidamente si ellos no sabían de qué te estabas riendo. Ése era el problema fundamental, la remota posibilidad de que te burlaras de alguien de la banda aquella. Digo remota porque era impensable que alguien que los conociera de antemano se cachondeara de ellos. Eran bronquistas adolescentes. Tenían la rabia necesaria para resistir en el extrarradio de cualquier ciudad en aquella década de tribus urbanas y heroína barata. Siempre con relejes en la cara y ganas de ver aparecer la ambulancia para tener algo que contar después, en los recreativos. La calle no tenía salida para el tráfico, rodado, se entiende. Los coches que entraban tenían que estacionar, salir marcha atrás o hacer varias maniobras para dar la vuelta (a una mala podían optar por salir a través de un solar que había, a riesgo de pinchar las cuatro ruedas) y aunque pasaban muchas cosas, todos teníamos la sensación de que nunca sucedía nada.

Callejeros como nadie, consideraban que aquel era su territorio. No podían tolerar que alguien menor que ellos y que además, no perteneciera al clan, se les mofara. No soportaban la crítica aunque viniera de alguien que tuviera en la cara su misma mugre. Se sentaban en los escalones de los portales. No tenían uno fijo, iban cambiando de patios para marcar su espacio. Si la carcajada estallaba a la otra punta de la calle, alguno de ellos, normalmente Felipe el Fardacho, iba a ver de qué coño se estaba riendo la gente, se ponía a insultar a todos y si hacía falta les cruzaba la cara en el acto para que supieran que eso no se podía hacer allí. A mí estuvo a punto de pegarme una vez que pasó algo así. Pero se quedó en una amenaza verbal de las que pueden llegar a acojonar. Era muy diferente el estilo del Peke, que en otra ocasión, me puso un ojo morado con un puñetazo certero en toda la mejilla derecha conforme salió de su casa, sin mediar palabra, como si fuera una manera de dar las buenas noches. Me estaba tronchando de la risa y le aseguré, entonces, que no era a su costa. Pero, la verdad es que mi amigo Vicente siempre hacía el chiste fácil más adecuado.

1 comentario:

Ebi Tempura dijo...

¡Qué miedo, el Peke!

En mi barrio estaba el Garrota, que acuñó con su nombre una frase de mi abuela que era algo así como "Mira cómo vas, que parese el Garrota". Era lo peor que te podía decir la señora, claro... De todas formas, era muy tranquilito. No pegaba ni nada, porque ya con la pinta disuadía...