jueves, 17 de diciembre de 2009

Malas artes

Hace algunos días viví un “contratiempo” que no he tenido oportunidad de analizar con la templanza que merecen las situaciones delicadas. Las emociones generan a veces estadios en los que a una le resulta imposible sobreponerse al sentimiento y darle un poco de margen a la racionalidad, por mucho que esté acostumbrada a hacer ese ejercicio habitualmente.

No me extenderé en la anécdota de lo que me ocurrió, pero en pocas palabras, en un entorno de celebración en el ámbito profesional, dos personas se dirigieron a mí para deslegitimar mi trabajo a través de la típica acusación que se le hace a una mujer que ocupa un puesto de cierta relevancia. Ni más ni menos. Como quien viene a traerte una copa del bufet y a preguntarte cómo te va, en esta ocasión, vinieron a hablarme de mi supuesta vida sexual en el entorno laboral.

Nadie se plantea acusar a un hombre, aunque sea mediocre y ocupe un puesto que no merece, de que su carrera ha sido labrada a golpe de grandes números desarrollados en posición decúbito supino, o haciendo sufrir las rodillas. Pero en determinados entornos de impunidad, todo vale: insulto, acoso y en segunda instancia, en la del observador del show, mantenerse sin hacer nada, sin decir nada, dejándolo pasar y viendo si la compañera es capaz de aguantar eso, como una prueba más en la escala del “demuéstrame lo que vales, porque tu capacidad, tu currículum, los resultados de tu trabajo, los que en muchas ocasiones he destacado en público, de los que en otras ocasiones me he aprovechado para hacerlos pasar como si fueran méritos propios en nombre del compañerismo, todo eso, me lo paso por el forro. Quiero ver lo que aguantas y si tienes madera para sobrellevar cualquier tipo de presión, porque si no, es que no eres lo bastante buena”.

En fin, que quería soltarlo públicamente, aunque sea en un foro reducido de lectores habituales y reincidentes (los mejores, por cierto). Quería dejarlo colgado en la red, como un grafiti en la puerta de la comisaría. La sangre aún me hierve y prosigue a mi pesar, en la cabeza, la sensación de conspiranoia, ese imaginar o suponer si es eso lo que se cuenta en la oficina cuando se habla de Ebi Tempura y no está delante. Y al final, camaradas, una acaba planteándose si vale la pena seguir o no en la lucha.

3 comentarios:

Contenido no apto para horario infantil dijo...

Por cierto, que al final he decidido que sí seguiré en la lucha. Y también he decidido felicitarle las Navidades a todos los hijos de puta a los que hago referencia en el texto, deseándoles para el 2010 que se la pillen con la bragueta a diario.

flaperval dijo...

Claro que sí, huevos pillados a ritmo del rap No sopor de sabina y Chau. Que les zurzan, aunque para serte sincero no me sorprende nada en el mundo de la empresa privada de mediana y grandes dimensiones. Y de dimensiones hablamos. Tengo algo de experiencia en ello y la verdad es que generalmente las conversaciones para sacarse el stress era ver quien la tenía más grande. En sentido figurado y no. Mucha bazofia acomplejada suelta.
Por cierto, que ya sé porqué no aguanté en esos ambientes. Lo de "desarrollados en posición decúbito supino" me lo ha dejado clarísimo.

Hebi de Boonafini dijo...

La única batalla perdida es la que se abandona ¡Ni un paso atrás!"