Acababa de despedir a mi amigo y bajaba exultante por la ronda. Otro viandante venía de frente. Era un joven imberbe de esos a los que se le adivina el rostro anciano. Al llegar a mi altura se acercó y mirándome a los ojos dijo perdona ¿puedo..., y sacó una libretilla para conseguir acabar la frase... tomarte una foto? Tenía acento francés. Yo le dije sí y entonces sacó una voluminosa cámara de fotos digital. Mirando al objetivo, forzando el gesto para tratar de resultar natural, pensé menudo palo te van a dar como vayas enseñando eso por aquí. No sé porqué me había girado espontáneamente con la espalda hacia la pared. El chico me hizo cambiar el fondo pidiendo que me situara en paralelo a la calzada para que saliera la calle. Intenté una sonrisa. Disparó cuatro o cinco veces más y le di mi correo electrónico para que me las enviara. Ya han pasado unos meses y todavía no lo ha hecho. A partir de esta anécdota, a lo mejor se pueden redactar algunas novelas de entre ochenta y cien páginas. Pero, no tengo mucho tiempo para escribir porque mañana madrugo, ni tú para leer porque, seguramente, estás trabajando.
2 comentarios:
No hay que dejar en manos humanas lo que las máquinas saben hacer mejor: fotografiar y entregar. A seguir trabajando...
usurpador de imagenes insolidário ....
Si el libro es bueno, aunuqe trabaje ...me lo zampo....
Krasty
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