miércoles, 24 de agosto de 2011

Gregorio el Pecas

La sala donde transcurría el juicio era sobria tirando a rancia. No había público, sólo el acusado y frente a él, el tribunal, compuesto por un puñado respetable de personas. Todo en blanco y negro. Mucho primer plano.

- - - ¿De qué se me acusa?-masculló al fin el acusado, cuya frente estaba siendo recorrida por una gota de sudor de un tamaño que ponía en evidencia al ruin ventilador colgado del techo.

- ¡No se haga el vivo! -dijo el gordo del sombrero borsalino mientras levantaba un dedo inquisidor. Estuvimos a punto de hablar de ello hace algún tiempo, no me irá usted a decir ahora que no lo recuerda.

- Claro señor. Y, ¿puedo saber si están teniendo ustedes en cuenta mis circunstancias personales? ¿las conocen?

- Sus circunstancias no son conocidas ni relevantes para este tribunal, que es el único con potestad para decidir lo que importa y lo que no importa en este delicado asunto que le atañe a usted. Nos ha ofendido gravemente.

- Por supuesto.

Chirría el viejo ventilador al mismo ritmo lento de la escena. El jurado no tiene ninguna intención de deliberar así es que la decisión se toma telepáticamente. Ni siquiera se envían mensajes por la blackberry porque eran los 60 y no existían, pero se guiñan el ojo a lo Popeye el marino y dan por zanjado el veredicto. El del flequillo pisándole los ojos se levanta y lee con evidentes defectos de pronunciación (o quizás de visión, el narrador omnisciente tiene sus dudas al respecto):

- Este jugado declara al acusado cudpable y considera que merece un castigo ejemplar: la Nada. (Silencio muy prolongado). El acusado tiene dedecho a un údtimo alegato. Y que sea corto, tenemos cosas más importantes que haced.


El aludido mira al suelo y murmura con voz casi ininteligible:

- Es curioso porque siempre he creído en los castigos ejemplares y como además soy devoto de la virgen de la coherencia, llegado mi turno asumo mi parte con toda la dignidad de la que soy capaz. En fin, quizás aprenda algo de todo esto. Pero con todos mis respetos lo que no estoy dispuesto a asumir a la ligera es la culpa, sepan ustedes que no soy católico…

Al levantar la cabeza comprueba que la sala está vacía. La condena había empezado: nadie escuchó sus últimas palabras.