Llevábamos el bocata para merendar entre películas. Olía a humedad, a palomitas de maíz, a tabaco negro, a cerrado. Sesión continua. Programa doble. Serie B. Serie Z. Un collage cinematográfico arriesgado y posible. Reestreno y recontrareestreno. Aventuras, Kung fu, monstruos de cartón piedra... Entrábamos a las cuatro de la tarde. Salíamos a las ocho. Romanos, moteros, naves espaciales... Otros entraban a las seis y salían a las diez. Zombies, extraterrestres, nazis, bicharracos... Un montón de salas entre las que podías deambular si la proyección no te convencía. Había quien entraba a la una de la noche. Sesiones golfas. Blanco y negro. Color. El bar era barato. Café, cazalla, cerveza, refrescos, cacahuetes. La moqueta de las salas era el museo del ácaro. Karate, gladiadores, taparrabos, guerra... Se fumaba en el hall. Bandoleros, piratas, superhéroes, destape... No había anuncios. Las luces se apagaban y el rayo del proyector atravesaba la sala para sacarte del mundo durante unas horas. Luchadores, perros, caníbales, momias... La emoción duraba días. Hoy de todo aquello sólo queda la nostalgia y cierto olor a cerrado.
1 comentario:
Me acuerdo cuando hacían en algunas películas descanso.....o es mi memoria que me falla?
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