Pregón, Mario Benedetti
El viejo se detuvo al principio del vagón con la palma de su mano izquierda abierta hacia arriba. Con la otra mano se sujetaba a la barra, mientras recitaba unas palabras aprendidas de memoria, a fuerza de repetirlas. Levanté mi vista de la novelilla policiaca que iba leyendo, en el momento en que empezó a hablar en un perfecto castellano que salía a través de su mellada dentadura. "Buenos días, señoras y señores, disculpen las molestias, me encuentro sin vivienda y sin trabajo. Pasando necesidad. Es tan grande mi angustia que me veo obligado a la vergüenza de pedirles una ayuda, por pequeña que sea, para poder comer. Muchas gracias". Al acabar su discurso, avanzó lentamente por el pasillo, moviendo su mano izquierda a ambos lados. Nadie pareció reparar en él. Desde que dio el primer paso, caminaba fijando su mirada vidriosa y sanguinolenta en mis ojos. Cuando llegó a mi altura, negó con la cabeza "Ná" me dijo, girándose hacia los pasajeros "tú, mira qué caretos, ya no es que no suelten ni un pavo, es que somos desagradables, hostia, aquí si quieres... puedes aprender hasta álgebra. Me piro porque esto da asco, te lo digo yo... te lo digo yo". No le di ni un céntimo. Lo seguí mirando hasta que bajó del metro, después de hacerme un saludo con la mano que había extendido antes hacia el techo. Salió negando con la cabeza.
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