martes, 30 de noviembre de 2010

Reparaciones

Rebuscaba palabras entre la basura, aunque las hallaba también tiradas por el suelo, incompletas, maltrechas, desgastadas, en las condiciones más deplorables. Las metía en el cesto de la bici y las llevaba a su taller. La nave industrial abandonada que habitaba era enorme pero sólo ocupaba un modesto rincón. Para organizar el material recopilado diogenesiacamente, se servía de unos altos y alfabéticos archivadores metálicos de cajones, recuperados a su vez del desvalijamiento de cualquier biblioteca, no sé si privada o pública.
El proceso de reparación de cada vocablo tenía una duración variable en relación al daño que sufriera. Entre tres días y varios siglos. Se pasaba las horas bajo el flexo con las herramientas que utilizaba siempre al alcance: la lupa, las tenazas, los pinceles, el torno, los cepillos, los disolventes, los cuatro diccionarios, el martillejo de goma, las pinzas, los juegos de limas, las espátulas, la sierra radial... Las observaba, las calibraba, intentaba detectar las averías, las probaba. Medía graves y agudos en susurro, a volumen medio, con un megáfono. La mayoría de veces bastaba con un par de manos de decapante para devolverle a la palabra su color natural (fijado después con un barniz protector) pero, otras, por la intensidad del proceso de oxidación, la cantidad de costras superpuestas o la voraz erosión, no le valían ni las pistolas a presión. Ni la de chorreado hidroarenoso ni la de chorreado con hielo seco (que es más suave)
Algunas perecían o se desintegraban entre sus manos. Entonces tenía que almacenar los cachitos en bolsas de plástico dentro de los cajones metálicos de los archivadores. En cambio, hacía circular enseguida las que conseguía restaurar. Una vez listas, las dejaba en las mesas de las cafeterías, en las colas de las paradas del mercado, encima de bancos del parque o de los asientos del metro, las salas de espera de estaciones o clínicas odontológicas. Las sentía alejarse firmes y sonoras en boca de mayores y jóvenes. Era ésta su mejor recompensa.

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