Después de trabajar durante once duros años con la Agencia Española de Cooperación en el terreno, de qué terreno no importa, se cansó de los pestilentes olores, de las dietas de arroz y patacón, del ghetto de extranjeros (finos entusiastas del multiculturalismo) y de tanto negrito escuálido y se dijo: qué carajo.
Después de trabajar durante casi once durillos años con la agencia Española de Cooperación en el terreno, entre semana y sobre la hamaca de viernes a lunes, nuestro héroe había ahorrado lo que podría calificarse de una pequeña fortuna. Total, además de los gastos fungibles y las birras del fin de semana, qué gastos tenía... Evidentemente había consultado a sus amigos economistas de la ong de turno y sus ahorros estaban invertidos en un aire cibernético que especulaba y especulaba haciendo bajar el precio del cacao y provocando sangrientas invasiones que, bajo el palio de la democratización, jugaban a torturas fotografiadas aceptadas con dos lindos y revolucionarios berridos por la comunidad internacional.
Después de convencerse que lo que hacía era trabajar durante algo menos de once añitos gracias a la agencia Española de Cooperación pensó que aquello (el qué carajo) era un buen motivo para retirarse, y tomó una decisión. Así que en el mes y medio que apenas duran las vacaciones en Navidad se compró un pisito con vistas al mar en su pueblito de Las Palmas de Gran Canaria. Mi futuro, decía.
Muy impresionado por el alto número de violencia doméstica que había observado en su país, de vuelta al duro terreno decidió que se casaba con la primera mulata buenorra, como llegó a definirlo él mismo, que se encontrara. Hace tres años que regresó del aquel terreno y pronto será padre por segunda vez. Ha de reconocer que el trabajo en el ayuntamiento no es muy estimulante, pero sueña con un futuro tranquilo y cómodo, en el que podrá contar batallitas antropológicas a sus mulatitos. Pero, algunas noches (¡ay, algunas noches!) muy calurosas, cuando su mujer ya ha fregado los platos y recogido la cocina, ha acostado a los nenes, ha planchado las camisas, ha bajado la basura y prepara la comida que él se llevará en tapers al día siguiente, nuestro héroe siente nostalgia de sus tiempos mozos, allá en el terreno. Entonces se sirve un buen ron añejo en un vaso ancho con hielo, sale a la terraza con vistas al mar, se estira en la hamaca y mira con nostalgia cómo aparecen a lo lejos algunos cayucos desesperados, bajo un cielo lleno de estrellas.
3 comentarios:
ai el terreno...
Ya lo dije yo una vez, al salir de la peluquería:
http://www.youtube.com/watch?v=F1FPK5-Rm38
El hombre ideal...
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