jueves, 23 de septiembre de 2010

El cura y el punki (ni el hábito ni la cresta)

El anciano cura iba leyendo El País en el metro, línea cinco. Yo lo observaba. Iba cerrando los ojos. A medida que se iba quedando dormido, basculaba hacia su izquierda, con el diario abierto por la página de sucesos. Sólo despertaba cuando sus gafas de culo de vaso tocaban en el hombro del pasajero que iba sentado a su lado. Por la pinta, parecía un teólogo de la liberación. Camisa gris marengo con el cuello cleryman, jersey de lana fina con mucha bola, pantalón de tergal, zapatos manchados de barro o mierda. Bastante caspa sobre la nuca.
Al tercer cabezazo pareció despabilar. Miró el panel que indicaba la siguiente parada. Era la suya. Cerró el periódico y se levantó con esfuerzo. El punki que estaba sentado sobre su bolsa de viaje al lado de la puerta, se levantó la gorra mohosa llena de agujeros y a través de su mellada dentadura le dijo, padre, ¿cómo está la cosa? Yo no leo los periódicos porque siempre traen malas noticias, aunque me gusta saber, ¿qué dicen hoy?
El sacerdote no le contestó, miró hacia otro lado. El tren paró, abrió la puerta y salió de un salto. Cuando se cerraron las puertas y el tren arrancó de nuevo, el punki se quitó la gorra, se pasó la mano por la cresta, resopló y susurró mecagoendiós.

1 comentario:

Ebi Tempura dijo...

Qué socorrida ha sido siempre la religión para los insultos y reniegos. Cuando me portaba mal, que no era casi nunca, mi padre decía "mecagoendiós" o "mecagoendiósyenlavirgenputa", si el calibre del cabreo era muy grande.