La crisis esa de la que tanto se habla me caló los huesos. Y aunque además de eso me faltan los afectos de siempre y el mundo sigue igual de injusto, es curioso, no me da por perder el tiempo extendiéndome contra los ricos perpetradores del desorden económico. No. Hay mucho que celebrar como para perder el tiempo con eso.
Una comprensión pausada, ni de esas de la racionalidad pura y dura, ni de esas emocionales viscerales, un aprendizaje desde otro lugar, consciente y conectado a la vida y la tierra, me dice que a pesar de todo, llega el otoño, y luego el invierno. Y no pasa nada. El mundo no se acaba por la crisis, ni siquiera el mío. La danza de la vida continúa por otras vías que la crisis no puede destruir, al contrario, las hace más fuertes: nos conecta más en emociones, en redes de apoyo, en creatividad artística. Un buen golpe al egocentrismo enajenador y al individualismo enfermante.
Hay que celebrarlo: si no pasa nada, es que no necesito tanto, ni yo ni ustedes, no necesitamos tanto. Y no necesitar tanto es un acto de transgresión radical. Es que va a ser que otra vida más feliz es posible. Una oportunidad para construirnos de nuevo, más humildes y más libres.
Y aunque toda la teoría nos falle, qué belleza aceptar el reto de dejarse desordenar los papeles, perderse y encontrarse, construirse para volver a empezar y empaparse mientras tanto de otra mirada más sabia. Sin lugar a dudas, ese es el camino para otro mundo posible. Señores poderosos del mundo: con esto no contaban, pero lo imprevisible es el as bajo la manga del pueblo libre.
martes, 31 de agosto de 2010
lunes, 30 de agosto de 2010
Lecturas repías
jueves, 26 de agosto de 2010
El tópico periodístico
El verano rebana las neuronas sin remedio, las destroza, las reduce a polvo, a puro detrito. Desahuciados los cerebros por el calor, el aburrimiento y la siempre nociva visión de los ejércitos de turistas invasores, paseantes con cámara al cuello, el verano es en definitiva el peor enemigo de las buenas ideas. Mala cosa es intentar refugiarse en los diarios y en esas entrevistas de suplemento que en algún momento acaban haciendo la consabida pregunta “¿qué te llevarías a una isla desierta?”, con todas sus variantes más o menos concretizantes, del tipo “¿qué 3 libros te llevarías a una isla desierta?”, etc.
Siempre me deja azorada esa pregunta. ¿Qué demonios se supone que significa y por qué es tan importante y recurrente? ¿Por qué no dicen, simplemente, qué es lo que más aprecias o con qué no podrías vivir? ¿Por qué siempre aparece la maldita isla desierta, que en verano más que nunca es imposible creer que estuviera realmente desierta? (Es evidente que al final, acabaría apareciendo un turista de Sant Sadurní para pedir que le hicieras una foto…). Pues nada, sin hacer caso de las evidencias, ahí seguimos con la preguntita de los cojones cada año.
Mil veces he imaginado qué respondería si me la formularan a mí. Sin duda, sería: “a una isla desierta me llevaría todos los números publicados de tu periódico para quemarlos en una hoguera, por permitir que en sus páginas aparezcan preguntas estúpidas y repetitivas como la que acabas de hacer. Luego, casi seguro, un móvil para encargar un billete de vuelta cuando me hartara de estar allí y una botella de vino blanco frío para bebérmela mientras veo cómo arden en la hoguera las gilipolleces que dices y te publican, imbécil.” Que a gusto me iba a quedar…
Siempre me deja azorada esa pregunta. ¿Qué demonios se supone que significa y por qué es tan importante y recurrente? ¿Por qué no dicen, simplemente, qué es lo que más aprecias o con qué no podrías vivir? ¿Por qué siempre aparece la maldita isla desierta, que en verano más que nunca es imposible creer que estuviera realmente desierta? (Es evidente que al final, acabaría apareciendo un turista de Sant Sadurní para pedir que le hicieras una foto…). Pues nada, sin hacer caso de las evidencias, ahí seguimos con la preguntita de los cojones cada año.
Mil veces he imaginado qué respondería si me la formularan a mí. Sin duda, sería: “a una isla desierta me llevaría todos los números publicados de tu periódico para quemarlos en una hoguera, por permitir que en sus páginas aparezcan preguntas estúpidas y repetitivas como la que acabas de hacer. Luego, casi seguro, un móvil para encargar un billete de vuelta cuando me hartara de estar allí y una botella de vino blanco frío para bebérmela mientras veo cómo arden en la hoguera las gilipolleces que dices y te publican, imbécil.” Que a gusto me iba a quedar…
martes, 24 de agosto de 2010
La comunidad
Que lo sepáis
martes, 17 de agosto de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
AAC
sábado, 14 de agosto de 2010
Son para el verano...
miércoles, 4 de agosto de 2010
La "qüestió" del quesito
El bilingüismo genera a veces una cierta esquizofrenia personal. Eso lo sabemos muy requetebién los catalanes, valencianos, gallegos, etc., pero como se trata de una esquizofrenia extendida, habitual, a la que estamos acostumbrados y que socialmente está bastante aceptada, no nos comemos demasiado el coco con el asunto. Luego está la aplicación práctica del tema, que, claro está, ya es harina de otro costal.
No podemos esperar que los ordenadores entiendan sin más la complejidad social, política, lingüística y hasta psicológica del asunto llamado España, así que es fácil entender que a veces sucedan cosas raras. Por ejemplo, que cuando una escribe un e-mail y usa la corrección automática del Word, el listo del ordenador cambie las palabras para corregirlas, como siempre... Pero, ¿y si estás escribiendo en otro idioma, de raíz latina, con palabras muy similares a las que el ordenador espera? ¿Y si no tienes instalado el corrector de ese otro idioma y cambias continuamente, pasando olímpicamente de desactivar la corrección? ¿Qué pasa entonces? Pues que el PC se sigue haciendo el listo y te corrige sin preguntar. El Word no es como Google, muchísimo más educado, que cuando confundes una búsqueda, sutilmente te dice: “quizás quiso usted decir…”. Y suele tener razón. No, el Word te cambia la palabra sin avisar y se queda tan ancho.
Así, entre las alertas rojas que pueden conllevar un disgusto laboral por credibilidad denostada, son especialmente relevantes los cambios automáticos de “qüestió” por "quesito" (mi preferido sin duda alguna), “consell” por “conejo” o “nostres” por “postres”.
En numerosas ocasiones he tenido que corregir a dos segundos de dar al icono de enviar alguna de estas sustituciones estupendas que nadie le pidió al Word. Casos verídicos que guardo en mi memoria son: “Benvolguts: us envio l’informe solicitat pel Conejo d’Administració” (¡fantástico! Menos mal que al Conejo de Administración se le ocurrió pedirlo…), o bien: “Voldria saber si amb les postres ofertes estem assumint el marge de l’augment del 2% d’IVA” (es una cuestión gastronómica grave, esta…) o aún mejor, “Necessitaria una resposta urgent i reflexionada de la quesito” (pobre Sra. Quesito, cuánta responsabilidad…).
Al margen de todo, y para los que me puedan decir que me está bien empleado por no desactivar la corrección automática, lo cierto es que estas cosas aún me divierten y le dan una pequeña y absurda emoción al curro, que buena falta le hace, especialmente en agosto.
No podemos esperar que los ordenadores entiendan sin más la complejidad social, política, lingüística y hasta psicológica del asunto llamado España, así que es fácil entender que a veces sucedan cosas raras. Por ejemplo, que cuando una escribe un e-mail y usa la corrección automática del Word, el listo del ordenador cambie las palabras para corregirlas, como siempre... Pero, ¿y si estás escribiendo en otro idioma, de raíz latina, con palabras muy similares a las que el ordenador espera? ¿Y si no tienes instalado el corrector de ese otro idioma y cambias continuamente, pasando olímpicamente de desactivar la corrección? ¿Qué pasa entonces? Pues que el PC se sigue haciendo el listo y te corrige sin preguntar. El Word no es como Google, muchísimo más educado, que cuando confundes una búsqueda, sutilmente te dice: “quizás quiso usted decir…”. Y suele tener razón. No, el Word te cambia la palabra sin avisar y se queda tan ancho.
Así, entre las alertas rojas que pueden conllevar un disgusto laboral por credibilidad denostada, son especialmente relevantes los cambios automáticos de “qüestió” por "quesito" (mi preferido sin duda alguna), “consell” por “conejo” o “nostres” por “postres”.
En numerosas ocasiones he tenido que corregir a dos segundos de dar al icono de enviar alguna de estas sustituciones estupendas que nadie le pidió al Word. Casos verídicos que guardo en mi memoria son: “Benvolguts: us envio l’informe solicitat pel Conejo d’Administració” (¡fantástico! Menos mal que al Conejo de Administración se le ocurrió pedirlo…), o bien: “Voldria saber si amb les postres ofertes estem assumint el marge de l’augment del 2% d’IVA” (es una cuestión gastronómica grave, esta…) o aún mejor, “Necessitaria una resposta urgent i reflexionada de la quesito” (pobre Sra. Quesito, cuánta responsabilidad…).
Al margen de todo, y para los que me puedan decir que me está bien empleado por no desactivar la corrección automática, lo cierto es que estas cosas aún me divierten y le dan una pequeña y absurda emoción al curro, que buena falta le hace, especialmente en agosto.
martes, 3 de agosto de 2010
Área de Servicio - Autovía de la Plata Km. 253
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

