Se siente una extraña cuando se enfrenta a esas situaciones trascendentales que siempre se quieren evitar, cuando mira por primera vez a los ojos intuyendo la dificultad extrema, pero también la firmeza, la voluntad y el deseo, unidos para seguir aferrado a la vida.
Se siente una extraña cuando ve a quien supo vulnerable, decidido a afrontar las cosas con la ilusión de un adolescente, con las ganas de bromear, hablar, sentir, contar y presumir que una creyó que no volverían, que incluso no llegó a conocer nunca antes.
Se siente una extraña cuando lee en los ojos de alguien ese amor que sólo supo real en las novelas, que una se empeñó en creer que no existía para poder afrontar la vida sin una terrible sensación de fracaso, de no haber sabido conseguirlo.
Se siente una extraña cuando tras 30 años de vida en común oye decir sin temblar la voz y con la mirada fija, a él: “-La vida a veces va así: te cambia en un segundo y no hay nada que hacer”; y a ella: “-Sí, por eso es tan bonita y hay que vivirla siempre como si fuera el último día”; y a él, de nuevo: “-Sí, y por eso me casé contigo”. Y continúa mirándola fijamente como si no hubiera nadie más en la habitación. Y ella se emociona. Y las que estamos presenciando ese momento también.
Más tiempo, por favor. Por favor, más tiempo.
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