jueves, 8 de julio de 2010

Alfonso, el portero

Escasos segundos antes de que, desde la oscuridad de su pecera, el portero observó la silueta de los dos jóvenes a punto de cruzarse en la escalera, se diría que por los pasillos de las casas de apuestas que manejaba en su interior atufaba a inicio de una hermosa amistad. Pero no fue así.

Había esa noche algo en la atmósfera de ese teatro que le indujo a maximizar su atención. Algo que empezó a fraguarse vertiginosamente en el momento en que el ruido del ascensor atronó cortando el aire como una sinfonía hitchconiana. El descenso, procedía del tercer piso y no era difícil adivinar que ese acompasado tren de la revolución industrial transportaba con toda certeza a esa joven tan rara que se miraba fijamente al espejo. Esa imagen y la de la vuelta a casa de Josito que no atinaba con la llave eran dos líneas que tenían que converger en un punto.

Sabiendo que la colilla lo delataba, su prudencia de conserje lanzó el cigarrillo al suelo y lo pisoteó mecánicamente mientras exhalaba el humo y analizaba la situación como un obsesivo director de escena.

Los personajes irrumpieron en el escenario observados por el bedel en perfecta penumbra, quien de repente, advirtió que en el aire se había colado algo inusual. Era algo etéreo que flotaba como una bola invisible en el ambiente. Quemando si dar llama, revoloteando a una velocidad vertiginosa. Como un aroma, como una chispa que está por producirse. Esa repentina visión, ese aleph inesperado acabaron por turbarle por momentos y no pudo sofocar un carraspeo involuntario.

A partir de ahí todo se produjo de manera precipitada. El ruido de su garganta luchando por salir de un momento en el que se había quedado sin respiración le habían impedido oír el inicio de la conversación. Lo que vino a continuación fue la voz de Josito: -“Ranciancia”, reemarcando la r: “r-r-r-r-r-rancia, que eres una r-r-r-r-rancia” y los dos jóvenes se separaron airados.
Aquella magia, aquella presencia invisible se había disipado de manera brusca, como el epílogo que supondrían los portazos -casi simultáneos- a los pocos segundos.

Una vez el silencio volvió a instalarse en la escalera estuvo reflexionando sobre el suceso desde la dolorosa conciencia de su existencia: la misma que le había desterrado como portero en una finca vecinal y que le negaba el boleto a cualquier felicidad por pequeña que fuera, en forma de mujer.

Y el alba le sorprendió recordando el aleph como algo ya pasado e inexplicable, como una luciérnaga que baja del cosmos, como una brisa o un zumbido que vienen de muy lejos, como el polvo de las alas de las mariposas surgidas de la caverna subterránea de un sueño. Algo que en el fondo, en el triste fondo, no le concernía, pero era embriagador

1 comentario:

Ebi Tempura dijo...

Poco a poco estamos descubriendo lo que Serrat llamaría "la aristoracia del barrio"... Alfonso está hecho todo un poeta. Qué tío.