martes, 9 de febrero de 2010

Vulgarcito

Había una vez un niño bastante vulgar. Todo el mundo, su familia, sus profes, sus amigos, siempre se lo reprochaban y por eso le llamaban Vulgarcito. Él no se explicaba porqué los demás se creían tan especiales. Total, el que más y el que menos tiene legañas por las mañanas y todo culo se tira su cuesco.

Una tarde, su mamá le pidió que le llevara la merienda a su papá. Trabajaba de peón de la construcción en la otra punta de la ciudad. Le dio una tarjeta de autobús que sólo tenía un viaje y le dijo que le pidiera dinero a su padre para volver. Vulgarcito tomó el bus. Llevaba el bocadillo en una bolsa de plástico colgada de la muñeca. En la otra mano, un teléfono móvil en el que sonaba reguetón. Se pasó el trayecto mirando por la ventanilla. Bajó en la última parada y aún tuvo que caminar un kilómetro. Por el camino, pisó una mierda de perro y no pudo evitar cagarse en dios. Arrastrando el pie en la tierra atravesó la verja que prohibía la entrada a toda persona ajena a la obra. No había nadie. El edificio a medio hacer estaba desolado. La única actividad que había allí era la que el viento ejercía entre los encofrados. Volvió sobre sus pasos. Acarició el bocata y entró en un bar, pidió un vaso de agua. Dio las gracias y salió desenvolviendo la merienda de su padre.

En la parada del autobús, pidió dinero a una señora que no le pagó el billete pero lo hizo pasar por su nieto. Se sentó en la última fila, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento de delante y se quedó dormido. Soñó que sobrevolaba una ciudad llena de edificios a medio construir, montado en un bocadillo de salchichón que se iba desintegrando en pleno vuelo. Cuando desapareció del todo, cayó al abismo y se despertó. Estaba en el autobús vacío, parado y con las luces apagadas. Se había quedado atrapado. El conductor no se había dado cuenta de su presencia y había cerrado por fuera. En los tiempos de Perrault o en los de los hermanos Grimm no existían los teléfonos móviles. Ahora que existen, no sirven de nada si no tienes saldo. No pudo hacer ni siquiera una perdida. No tuvo otro remedio que romper un cristal con el martillo de emergencias y volver a casa andando. No veas qué pateo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

JEJEJEJEJE ...

Que chaval más espabilao!!!!!

Joder que hambre...

Anónimo dijo...

Yo también soy Vulgarcito

Cinderella dijo...

Todos somos Vulgarcitos!