A L.A. Morgan, una multinacional de ciento veinte empleados en el centro de una floreciente ciudad parecía no afectarle la crisis. La próxima junta prometía cambios para bien en aras de maximizar los resultados, se hablaba de la compra de otra empresa del grupo e incluso de la apertura de una nueva sucursal.
Aquella mañana la primavera empezaba a colarse por los ventanales de la cocina que se hallaba en la cuarta y última planta del céntrico edificio. El sonido estridente de la máquina de café rompió el silencio que el aislamiento de la carpintería de aluminio lograba conservar. El molinillo como una turbina doméstica, el mínimo vuelo del vaso de plástico y su clic al aterrizar en el brazo mecánico cuyo limitado recorrido desafiaba la atmósfera como el abrir una gigantesca puerta.
Eran las siete y veintidós minutos de la mañana y la primera horda de empleados hacía cola en la máquina de café. Y en esa espera, de repente, algo atrajo la mirada de cada uno de ellos: justo en la pared de enfrente, que era como un encerado invisible, de un azul celeste casi transparente, alguien había escrito “nunca dejaré de quererte” con una deliciosa caligrafía.
Primero fue sorpresa, alguna carcajada ahogada, acercamientos, relecturas… Acto seguido apareció la rumorología, y a mediodía, a medida que las yemas de los dedos limaban como de costumbre el estarcido industrial de los teclados, el eco de la frase disparó las alarmas ocultas de un romanticismo inexorable.
Muchas mujeres se maquillaron en las siguientes horas. Después de la comida todo fueron celos e indignación en muchos de los hombres.
Al final de la jornada no era ningún secreto que la gran mayoría del personal estaba muy afectado por ese hecho aunque como se supo después, desde dirección procuraba no dársele importancia. Muchos empleados decidieron tomar una foto antes de marcharse para -como decían- medio en broma medio en serio, hacer pruebas grafológicas y hubo cábalas para conocer cuánto tiempo permanecería en la pared.
Y por la noche cuando todos se refugiaron en sus casas, la frase y su extraordinario trazo se proyectaba en la oscuridad y algo muy hermoso envolvía a muchos de los corazones de los trabajadores de L.A. Morgan. Era esperanza, esperanza de un amor, por fin, real.
Al día siguiente, la gente llegó más temprano que de costumbre para descubrir que la cocina había sido precintada.
6 comentarios:
Muy bueno ...sensibilidad y agudeza....Y su pizquita de humor ...
Calígula in da house...
Más relatos Dani!
Bubón metalico
Sí, por favor!! Más relatos!!
Buen pulso, maestro!
Ya iba haciendo falta un relato bien contao por estos lares. Y mira la gente queremos más!
"nunca deajaré de quererte"
fdo. Monchiño, secretario general adjunto de relaciones comerciales ultramarinas
ps. estupendo cuentillo!
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