Una noche de esas en que la primavera ya anuncia el verano, se encontraba interpretando el Romance Anónimo con la camisa y la ventana abierta, cuando un poco de serrín cayó sobre la puntera de su zapato izquierdo procedente del listón bajero de la mesita. El guitarrista, concentrado como se encontraba en la ejecución de los arpegios no se percató hasta que decidió mirarse el pie zurdo con el que seguía el tempo. Para ese instante, ya había una legión de termitas danzando en el suelo al ritmo de la composición romántica.
Inmediatamente, el músico interrumpió su interpretación y los parásitos se detuvieron como por arte de encantamiento. El gesto facial del guitarrista se interrogó con todos los músculos de la cara. Intentó seguir ejecutando la pieza y cuando consiguió recomponer la melodía, las termitas volvieron a danzar. Observándolas atónito consiguió explicarse la situación. Cuando acabó de pulsar todas las notas de esa partitura siguió con, Alley Cat, en clave jazz dixieland y por tanto, mucho más animada y los bichos adaptaron su danza perfectamente como si fueran del misma calle 12 de New Orleans.
Sólo se paró para aplaudirles entre canción y canción, pero pasó la noche entera interpretando temas de los más variados estilos y procendencias y las carcomas clavaban todos los pasos como auténticas profesionales de baile. Pasó por el rock and roll, el reggae, la cumbia, el tango, el son, el swing, la rumba, el samba, el country, lambada, incluso tocó una jota. Las termitas eran incansables.
Pero, extenuado por el esfuerzo y delirando en ambiciosos proyectos de ganarse la vida por los teatros del mundo con espectáculo tal, tuvo que parar de tocar tras nueve horas de música en las que repitió varias veces su amplio repertorio. Cayó fulminado antes de llegar al sofá, aplastando sin querer con su cuerpo a parte de los bichitos bailarines. Los supervivientes saltaron sin dudarlo por la boca al interior de la guitarra que estaba fabricada en Puerto de Santa María y tenía un delicioso aroma a pino.









