miércoles, 30 de diciembre de 2009

Desalmadas en Bolonia


Se nos hace duro el color heroína que da el invierno al cielo de las ciudades del norte de Italia. Se nos hace duro no ver la nieve desaparecer, al contrario, sentirla persistir incansable en su existencia rauda y obligatoriamente perecedera, verla amarrarse a ese “seguir siendo”, pese a todo, y convertirse en hielo sucio, pisoteado, maltratado por paseantes, coches, niños, lluvia contaminada y la niebla persistente de Bolonia en diciembre. Pero somos conscientes que nada en la ciudad merece ese trato ni ese recuerdo.


Una ciudad de hechuras medievales, rural y rica, untuosa, comestible, llana, roja –en sus piedras y construcciones, también las ideológicas…- una ciudad para almacenar en el almanaque de los deberes que hay cumplir, junto al libro por escribir, el árbol que plantar, el descendiente que hacer crecer… Una tierra que hay que visitar.


Nos traemos en el equipaje todo lo que las compañías aéreas no requisan ni limitan, en su ánimo fiscalizador de petates: una visita para estrechar lazos, para acercarse a una misma, para dar otra oportunidad a la ilusión, al descanso, al buen comer... y continuar adelante el camino luchando contra unas pocas ojeras y algunos desencantos.


Vayan a Bolonia, señores, aunque también decidan vender su alma al diablo a cambio de algo de benevolencia climatológica.







2 comentarios:

Peskuezo de Eskuerzo dijo...

¿Color heroína? ¿que no desaparece la nieve?... ¡Cuánto viciosismo!

Chus Lampreave en "Mujeres al borde de un ataque de nervios" dijo...

¡Cuánta yanqui, cuánta perdía, cuánta drogadiza endrogá!