miércoles, 11 de noviembre de 2009

Killing coaching

Me pregunto de qué parte del subsuelo debió salir la gente que se dedica al coaching y a la potenciación hasta el infinito y más allá de las habilidades ajenas. Quizás mi impresión es precipitada, pero ninguno de los que se dedican a estas cosas y que he tenido la oportunidad de conocer me han parecido personas con una capacidad suprema de ser inusualmente felices, si no la versión remasterizada de los vendedores de pócimas y remedios de la Edad Media. Puros charlatanes, en definitiva, cuando no inadaptados sociales o simpáticos agresivos, de esos que no soportan caer mal a nadie. Seguramente personas así se han dado en todos los órdenes sociales de la historia, porque siempre ha habido quien ha sabido aprovecharse de la inseguridad ajena y quien ha sacado provecho de ello. Pero es que ahora cabrean profundamente por esa voluntad de querer recubrirse con un barniz de sabiduría oriental y citas de Confucio, o con la consabida pátina de pseudociencia solventemente basada en la psicología.

Las redes sociales y el correo electrónico han abierto la veda a estos cazadores de incautos, que organizan cursos de cómo aprender a conocerse, a conectar con uno mismo… En definitiva, a practicar en grupo y de forma dirigida, el sanísimo ejercicio del onanismo emocional, al cual, quien más quien menos, se abandona ocasionalmente, tanto como su sano juicio se lo permite.

La palabrita –coaching- tiene ya tanto de sonsonete de marketing que me pregunto cuándo caerá en desuso, cuándo aparecerá la nueva fórmula del “¿quieres vivir mejor? Pregúntame cómo”, cuál será el nuevo término que defina en la historia el engaño del futuro.

Mientras llega ese momento, los gruñones, los tímidos, los honrados emotivos de siempre, que vivimos nuestras historias y nuestras histerias hacia dentro y con el ceño fruncido, seguiremos en nuestra trinchera: sintiéndonos mal cuando nos hacen daño, sintiéndonos estúpidos cuando nos pasamos de prudentes, de sensibles o de abnegados, regodeándonos en la soledad a veces, en la apatía cuando toque, y aprendiendo a hostias, desde la falta de pragmatismo, como hemos hecho toda la vida. ¿Tontos? Quizás. Pero honestos... Eso siempre.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Molt bo, tempura. Hay que andar con cuidaaaaaaaaaaaaaao, que decía aquel.
Besukis
Martukein

Peskuezo de Eskuerzo dijo...

En un programa de la tele vi un coach de estos, era argentino, que basaba su trabajo para la dinamización de empresas en el funcionamiento dels castellers.

Ebi Tempura dijo...

A mi, de todo esto, lo que verdaderamente me jode es que haya quien pretenda que las emociones tengan un objetivo de eficiencia. Como si el hecho de tener emociones, no fuera en sí algo importante. La historia está en que se pervierte el asunto y pretenden hacerte creer que puedes ser feliz sacando provecho de tus emociones y marcando un objetivo de eficiencia. Y no señor: eso es ser útil, responder a objetivos, no ser feliz.