sábado, 7 de noviembre de 2009

El síndrome de Luján

Anoche cené solo en el Khran Döner Kebab de la calle Diputación, puerta con puerta de la célebre discoteca Tongo. La mayor parte de la clientela de este local de shawarma estaba formada por señoras jubiladas muy elegantes que tomaban café solo descafeinado de máquina, largo y con sacarina o cubata, mientras esperaban a sus amigas para ir a bailar fox-trot. Para ser las nueve de la noche, era la taberna más concurrida de esa parte del eixample.
El significado de la palabra sucio se ejemplificaba sin ahorro en el establecimiento. Pedí una pita de falafel y no tardé en arrepentirme cuando degusté (o disgusté) el rancio sabor de las croquetas. El tono de la salsa de yogurt era casi tan asalmonado como el color de los espejos mortecinos que cubrían las paredes del local. A lo mejor llevaba pimentón. El cocinero y posiblemente amo del bar, lucía, en el meñique de su mano derecha, una uña del tamaño del aspa de un molino de viento y su aspecto era tan turbio como cualquiera de los tres tristes tigres que quedaban en el mostrador sin posible vitrina protectora, ya que la carta del restaurante no sólo ofrecía cocina rápida medioriental, sino que además, tenía un amplio surtido de sucedáneos deslucidos por la erosión, de las tradicionales tapas ibéricas.
Es el poder transculturador de los traspasos. No discuto el cosmopolitismo de la empresa. La camarera era ecuatoriana, seguro que ella eligió la música que sonaba (todavía no sé si se trataba de una radio o de un CD-R variado) ; de las paredes colgaban calendarios con el horóscopo chino, promocionando locales de comida oriental en la calle Sepúlveda (incomprensible competencia leal, pero recordé que soy dragón) ; la tele, quedaba a mis espaldas y tenía el mute activado, retransmitía en diferido un Lazio-Sampdoria ; un muchacho, que parecía senegalés, pidió un plato con ensalada y arroz porque tampoco sabía lo que se hacía.
Había otros tipos solos "cenando" allí. En las puertas de los lavabos, sendos carteles con las palabras "damas" y "caballeros". Dentro de este último, una máquina de condones con una precaria pintada en rotulador permanente que rezaba "para follarse a las pilinguis". Me habría gustado mucho vomitar entonces. Total, contando la cerveza, mi avinagrado ágape me costó el desembolso de 4'75 €. No puedo afirmar que disfrutara. Y menos ahora que llevo dos horas sin levantarme de la taza del wáter y se me han dormido las piernas. Cuando recupere el control, llamaré a la OCU aunque puede que sólo yo fuera culpable por creerme Néstor Luján. Espero que no sea un 902.

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