
No recuerdo demasiadas canciones que hablen de otras etapas del amor que no sean el principio y el fin. Seguramente existan, pero mi reducida cultura musical hace que desconozca si hay algún tema que diga, por ejemplo, algo similar a “por qué, cariño mío, dejé que entraras en mi vida a invadir mi cuarto de baño con tus cosméticos” o “mi amor, no soporto a tu madre ni sus historias sobre gente que no conozco”. No se habla del mal aliento de las mañanas, ni de la rutina compartida y su peso, ni de las discusiones sobre quién friega los platos, o los silencios que se instalan en las conversaciones, cada vez más largos y evidentes. No, normalmente las canciones de éxito tratan sobre las promesas de los inicios, las señales que uno presiente –reales o no-, las sensaciones que se perciben de que la otra persona está hecha para ti, aunque en muchas ocasiones no deje de ser autoconvencimiento sin ninguna base.
En el extremo opuesto, hay una larga lista de temas que tratan sobre el horror de la separación. En este último caso, el regodeo entre la lástima y el desánimo puede llegar al patetismo, pero no se suelen describir esas señales que se perciben antes del fin. No se habla de cuando se deja de escuchar al otro y se pone la mente en otra parte, ni de ese estado recurrente en el que se entra cada mañana en la ducha y se deja volar la imaginación, pensando en tener otra vida distinta, en huir, en estar en otra parte… Esa sensación que uno se obliga a abandonar una vez que cierra el grifo. Evidentemente, nadie compraría una canción con argumentos como los que he descrito, porque no es bonito oír algo gris y mundano.
“El amor está en el aire”, cantaba feliz John Paul Young, y posiblemente sea cierto, aunque ahora comparta espacio con la gripe A. Seguro que a nadie se le ocurre hacer una canción sobre eso, entre otras cosas porque estos nombres que les ponen ahora a las enfermedades son una lacra para el marketing. Apostaría algo a que García Márquez, si hubiera existido esta dolencia en aquel momento, nunca hubiera titulado su novela “El amor en los tiempos de la gripe A” o “El amor en los tiempos de la gripe porcina”, porque el cólera, aunque tenga unos síntomas y consecuencias más terribles, es una palabra con gancho: hasta es esdrújula.
Es una paradoja, pero supongo que hay quien mataría por padecer una enfermedad que deshiciera la rutina en su pareja y como en la novela, sirviera de excusa para narrar un amor perenne hasta la muerte. Me temo que la gripe A no pueda conseguir eso, pero, ¿por qué no intentarlo? Besen, amigos. No se laven las manos. Estornuden cerca de otros. Contágiense... A ver si esta enfermedad sirve para animar las vidas de tanta gente sumida en la apatía, en lugar de ser el eterno titular del espanto.