domingo, 30 de marzo de 2008

Hipotecas del corazón (microrelatos)


Decidió hipotecar su juventud en un seminario. Siempre le acompañaba el recuerdo primero, cuando sus tiernos ojos de infante se posaron por primera vez en lo imponente y lo majestuoso de la cárcel de Dios al tiempo que su padre, mesándose un bigote del tamaño de una cola de una ardilla, le rodeaba el hombro con su brazo.
-¿Te gusta? Aquí estudiarás.
Allí se hizo hombre, allí cultivó su espíritu y allí precisamente allí, a escondidas de Dios, conoció el amor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

...el padre porra, se llamaba

flaperval dijo...

¡me encantan los finales felices!

Peskuezo de Eskuerzo dijo...

Doy fe!