Decidió hipotecar su juventud en un seminario. Siempre le acompañaba el recuerdo primero, cuando sus tiernos ojos de infante se posaron por primera vez en lo imponente y lo majestuoso de la cárcel de Dios al tiempo que su padre, mesándose un bigote del tamaño de una cola de una ardilla, le rodeaba el hombro con su brazo.
-¿Te gusta? Aquí estudiarás.
Allí se hizo hombre, allí cultivó su espíritu y allí precisamente allí, a escondidas de Dios, conoció el amor.
3 comentarios:
...el padre porra, se llamaba
¡me encantan los finales felices!
Doy fe!
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